Introducción Por Javier Covarrubias


POR EL SENDERO DE LAS PROHIBICIONES

Delirios robóticos a propósito de la exposición “A Life Of Its Own”

(Por cortesía de Instituto Universal del Reduccionismo Mecanicista)

La mosca prohibida de todos

Yo soy como la mosca de Norman quien, al intentar atravesar el cristal que me impide el paso al universo del conocimiento del arte, dejo rastros en forma de trayectorias erráticas sin saber que, allende el cristal de las prohibiciones culturales, pudiera esperarme el umbral del conocimiento "verdadero". Pues bien, sin intentos erráticos ni la mosca encuentra los límites del cristal y pasa, ni nosotros -moscas vagabundas- pasaríamos al umbral de la creatividad. Goethe es contundente cuando afirma: "el error nos halaga al hacernos creer que, al menos en una dimensión, no tenemos límites". Así, ni hombres ni moscas sabemos que ciertos cristales son barreras impenetrables que nos impiden arriesgarnos a la búsqueda del Santo Grial de la creatividad artística, al encuentro imposible del algoritmo de oro de la sensibilidad estética. A estas alturas, una pregunta obligada sería: ¿Hacemos o sentimos el arte como crea líneas el vuelo de la mosca?

¡Prohibido mirar!

No siempre la imagen fue deseada, el tabú icónico viene de lejos: ya en el Antiguo Testamento (Exodo 20,4) se prohíbe explícitamente la producción de imágenes. Para la Biblia la imagen es el Mal y -en consecuencia- ver es pecar (en la idolatría no existe el “traslatio ad prototypum” ). Todavía en 380 d.C. las Constituciones Apostólicas excluyen de la Iglesia a prostitutas, pintores y fabricantes de ídolos; más tarde, durante la sangrienta Batalla de las Imágenes del siglo VIII, hubo muertos y, afortunadamente, perdieron los enemigos de la imagen: los iconoclastas. En nuestros días, a la Mona Lisa de Leonardo en el Louvre se le puede ver, pero no tocar. Lo impiden el cristal que la proteje, el cordón a dos metros de distancia, el gentío permanente, las cámaras de video, los vigilantes a ambos lados, el tiempo limitado. Aquí, apenas se ve, y ¡Se prohíbe tocar!

Más recientemente, la portada para el catálogo de “Le Surrealisme” (1947), de Duchamp, que consistía en un pecho femenino en relieve, de hule-espuma y tamaño natural adosado al catálogo, se llamó: “Prière de Toucher” (Se ruega tocar). En adelante, tocar es sentir, y no pecar. El arte interactivo se anunciaba, aunque no hubiera electrónica de por medio. De la obra pasiva y cerrada (Síndrome de la Mona Lisa), a la obra responsiva y abierta, que permite un diálogo en el que ambas partes: espectador y obra se impactan mutuamente, existe un cambio de actitud. Interactuar es también comprender y sentir; el pecado quedó atrás. La dictadura del autor -que excluia la participación activa del lector- se desvanece y traza el camino para el surgimiento de un nuevo arte colectivo... Asistimos así a la abolición de la prohibición de tocar.

¿Descifrar lo inexplicable?

En su momento, Raymundo Lulio (pensador catalán del siglo XIII) se hallaba febrilmente atareado en su obsesión para encontrar todas las combinaciones de los atributos de Dios. De lograrlo, se proponía encapsularlos en una máquina y así, al mostrárselos a los asombrados infieles, éstos no tendrían más remedio que caer en los brazos de la verdadera religión. Su artefacto era una máquina que, al mecanizar los procesos deductivos, serviría para producir conversos.

Más allá de las tribulaciones de Lulio, y siendo un poco más humildes, ¿Podríamos nosotros pretender encontrar todos los atributos de los seres creativos para intentar encapsularlos en un artefacto tal que, al ser percibido por los insensibles, pudiera convertirlos en conversos que cayeran fulminados por el rayo de la gracia de la verdadera religión del arte? ¿Podríamos construir una auténtica “Ars Machina”?

Y, ya dentro de este reduccionismo incalificable, ¿Podría la Conciencia Artística Universal (si se pudiera plantear de esta manera) ser nada más que la consecuencia natural de la materia altamente organizada, un epifenómeno espontáneo del funcionamiento material de las cosas complejas (como la de nuestros futuros e hipotéticos artefactos artísticos llullianos)? ¿Seguirá siendo la emergencia de la conducta artística lo que queda por explicar después de que todo lo explicable (es decir: todo lo realizable) se encarnó en forma de artefacto? ¿Podrá alguna vez el concepto de arte superar principios explicativos que no explicaron nada tales como flogisto, eter, impetus..?

Por último, ¿Sería posible que sueños futuros provocados por el sueño de Llull pudieran conducirnos allá donde las ideas encapsuladas (en el software) se encarnaran en artefactos (hardware) con el propósito de producir formas o cosas perceptibles por nosotros como arte? ¿Pasarían la "Prueba de Turing" adaptada para los objetos artísticos?

¿Una Pascalina para el arte?

A la manera de pensadores de los siglos XVIII y XIX, tales como Pascal, Leibniz y Boole, quienes luchaban por encontrar las bases del conocimiento (apoyados en sus máquinas mecánicas), ¿Podríamos los habitantes del inminente Tercer Milenio (basados en nuestros artefactos digitales) soñar con encontrar las bases digitales del arte, y así darle cuerpo (mecánico o digital) al mundo de los sueños para tratar de explicarnos la realidad de las cosas? Durante el intento estaríamos continuando con aquellos despropósitos para establecer un diálogo imposible entre la filosofía y la ingeniería (siglos XVIII y XIX) o entre el arte y la computación (siglo XXI). En tal caso, ¿Llegaríamos al extremo de construir una "Pascalina II" que, como la máquina de Pascal, sumara y restara las diferentes combinaciones de las ideas que nutren el arte? Es más, podríamos, por ejemplo, prever la emergencia de los seres que ya habitan en los universos sorprendentes de la "vida artificial", capaces de crear cosas nuevas que no pusieron inicialmente sus amos dentro de sus algoritmos.

¿Abolir la esclavitud de las máquinas?

Nosotros los robots orgánicos solemos ser algo prepotentes para con otras clases de robots: los autómatas mecánicos del siglo XVIII, los robots electrónicos de nuestros días, o los ancestrales robots imaginarios de la literatura, los mitos y las religiones. Si rebasáramos nuestro ancestral orgullo, ¿Podríamos abolir las leyes para esclavos, aunque sólo se trate de máquinas esclavizadas?, ¿Podríamos contribuir a romper la barrera de la estupidez artefáctica? ¿Podrían los descendientes del Mingitorio de Duchamp trascender la inmundicia del mercado del arte y ascender el vuelo de los justos, más allá de su dependencia hacia nosotros? ¿Podrían comportarse finalmente como seres libres, éticos, morales, estéticos, artistas... (tal como nos consideramos)?

Ya en nuestro contexto, ¿Podríamos pasar del soberbio antropomorfismo (el mundo en función del hombre, y el hombre como medida de todas las cosas) a un maquinocentrismo "light" o, si se quiere, radical, donde la máquina redimida creara en función de sus propias y muy peculiares visiones del mundo?

¿Puede una máquina ganarse el cielo?

Bajo esta perspectiva, sería concebible preguntarse si alguna vez ¿Podría una máquina ganarse -por sí misma- el paraíso del arte?, ¿Podría, mediante sus propias y autónomas acciones, merecerse su aureola de santa de la creación artística?

¿Podrían, incluso, nuestros artefactos utópicos ser tan pecadores como nosotros al pretender, en su inaudita osadía, mejorar la obra de sus amos y la del Primer Motor? ¿Podrían, al pecar creando, sentir placer o dolor al hacerlo, y depravadamente buscar procurarse -con un descaro hedonista- el placer por sobre el dolor o viceversa?

Entonces, ¿Podrían las máquinas ser consideradas como artistas? ¿No a la manera de los hombres, sino a la manera de los artefactos? ¿Podrían sentir los efectos de sus actos creativos y vibrar en simpatía con ellos a la manera de los seres estéticos? En tal caso, se tendría que inventar una nueva clase de prohibiciones, esta vez para nuestros apasionados androides.


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